(Esto debería ser un diario. No un semanario. No deberían transcurrir seis días entre un rollo y el siguiente)
Son casi las 16:30. Faltan dos horas para que empiece la Copa. La Copa en Madrid, la Copa en el Palacio, la Copa a seis estaciones de metro, la Copa casi al lado de casa. La Copa que siempre quise que volviera a Madrid (después de tantos años), la Copa que siempre quise ir a ver... La Copa que veré, un año más, por televisión. Como si se jugara en Zaragoza o en Vitoria, como si se jugara en la otra punta del mundo.
Y lo de "por televisión" es un decir, es mucho decir. Tiene toda la pinta de que no podré ver en directo ni uno solo de los siete partidos. Hoy me lo impedirá el trabajo, mañana, pasado y al otro me lo impedirán los compromisos, los múltiples y variados compromisos propiciados por la casualidad de cada año, por la circunstancia al parecer inevitable de que la Copa, y el All Star de la NBA, tengan que coincidir inexorablemente con el noveno cumpleaños de mi hijo.
Así que casi todo (si no todo) lo veré grabado, tarde, mal y nunca, quitándome sueño, haciendo extraños equilibrios en el alambre para conseguir no enterarme de ningún resultado. Pero no es eso lo peor. Al fin y al cabo estoy acostumbrado a ver los partidos grabados, de hecho es mi forma habitual de ver baloncesto. Lo peor no es eso. Lo peor es que esta vez quería ir, quería asistir in situ, quería en cierto modo formar parte de la fiesta y no tener que conformarme con verla a través de una pantalla como de costumbre.
Sí, ya lo sé, Murphy dice que... Estoy hasta los huevos de Murphy. Estoy hasta los huevos de que cualquier ilusión por pequeña que sea se me estropee, estoy hasta los huevos de que se me jodan tantas cosas... Y estoy aún más hasta los huevos de que me intenten "consolar" con la típica frase de "no te preocupes, hombre, ya habrá otra oportunidad". Tal vez. Tal vez haya otra oportunidad, tal vez la Copa vuelva a Madrid en un corto plazo de tiempo. O tal vez no. Tal vez volverá a suceder lo mismo, tal vez vuelvan a pasar más de mil años, muchos más, antes de que esta competición caiga de nuevo por aquí. En cualquier caso me da igual. Puede ser el año que viene. Puede ser dentro de 20 años, ó de 40. Y dentro de 20 ó 40 años yo podría estar muerto, como lo podría estar el año que viene, como lo podría estar mañana. No. El momento era éste. Y no será fácil que haya otro. No será fácil que este tren vuelva a pasar por la puerta de mi casa. Al menos mientras yo siga aquí.
Así que aquí sigo. Haciendo como que trabajo. Aprovechando este rato muerto para escribir este desahogo que probablemente sólo leeré yo, antes de que la locura empiece otra vez, antes de empezar de nuevo a sacar cosas a destajo. Pensando cómo hacer compatible mi vida imposible con mi baloncesto, cómo equilibrar los compromisos familiares, los compromisos laborales y los compromisos deportivos.
Veamos: a las 18:30, Pamesa-Akasvayu. Si el DVD no me falla (y si mi hijo no me quita el Teledeporte para ponerse el Cartoon Network, y si a mi mujer no se le olvida que tiene que impedirle cambiar el canal) lo veré grabado esta noche, después de cenar, en el portátil, en el exilio de la cocina (o de cualquier otro sitio). Y mientras tanto se estará grabando el Unicaja-Granca, que veré después (y que podría ver en directo si no fuera porque prefiero hacerlo así, porque quiero verlos en su orden, primero el primero y después el segundo para no enterarme en el segundo del resultado del primero...). Y por supuesto se me quedará pendiente, sabedios para cuándo, el muy apetecible Memphis-Sacramento de esta pasada madrugada.
Mañana, más de lo mismo. Mañana por la tarde no estaré trabajando pero trabajará ella, así que a mí me tocará llevar al niño a la piscina. Si el DVD y/o el vídeo quieren (que siempre está por ver) estaré viendo el Tau-Penya más o menos cuando se esté jugando el siguiente partido, el eterno clásico Madrid-Barça. Nuevo trasnoche, nueva pérdida de sueño, nuevo partido NBA (no sé ni quiénes lo juegan) que se me quedará para otra ocasión.
Y llega el sábado. El día más difícil. El día que mi hijo cumple 9 años. La mañana y las primeras horas de la tarde recogiendo, limpiando, cocinando, tal vez (no será fácil, los milagros no existen) buscando un ínfimo hueco al amanecer o en la sobremesa para poder el rookies-sophomores que habré grabado la madrugada anterior. A media tarde llegará toda la tropa, suegra, cuñados/as, sobrinos/as, primos/as, para entonces el DVD y el vídeo ya deberán estar echando humo grabando las dos semifinales, y mientras yo deberé estar procurando atenderlos a todos y al mismo tiempo rezando lo que mejor sepa (en el supuesto de que supiera algo y de que creyera en alguien) para que ninguno de mis entrañables familiares tenga el antojo de poner la tele justo en ese canal, precisamente en ese podría hacer que me enterara del resultado... Se irán de madrugada, tal vez a la una, tal vez más tarde, y entonces yo tendré que pelear a cabezazos una vez más contra el sueño, verme grabadas (en mi exilio habitual) las dos semis mientras el DVD del salón se ocupa de grabar los triples y los mates...
Y llega el domingo. Debería ser más tranquilo. Sólo debería. No lo será. Para empezar, la casa hecha unos zorros. Miles de cosas por medio, un montón de cacharros que recoger, de muebles a los que devolver a su sitio habitual. Y a las doce del mediodía, la otra celebración de mi hijo, en la piscina, con sus amiguitos del cole y del patio... Y yo a primera hora de la mañana habré intentado ver alguno de los concursos, y en la sobremesa (si tengo sobremesa) tal vez los otros, y luego quizás ya sí, por fin, la final en directo... O no. O tampoco. Porque queda mi madre, que tendrá que venir a felicitar al niño, y a darle el regalo. Y que si no puede venir el viernes, ni el mismo sábado, pues a ver cuándo va a venir... En el peor de los casos tendré que ver la final igual de grabada que todo lo demás, el domingo por la noche si para entonces todavía sigo vivo...
Y pensar que hubo un día en que yo llegué a soñar con ir al Palacio a ver la Copa en directo... Siempre lo he dicho y creo que nunca conseguiré dejar de repetirlo: vivo de ilusiones (como el tonto de los cojones).
Ya son las cinco y cuarto. Dentro de hora y cuarto tendré que llamar a casa. A ver si están, a ver si el DVD está funcionando, a ver si el Digital sigue en el canal 53. Y ahora será mejor me ponga de nuevo a trabajar. Se supone que es mi obligación, se supone que me pagan por ello. Y se supone que mientras trabajo no pienso. O, al menos, intento no pensar.